La escalada de los precios de los alimentos está consiguiendo que la crisis crónica de desnutrición infantil que afecta a 20 millones de niños al año se agrave. En las casas de familias de países pobres no entran carnes ni pescados, ni huevos ni lácteos, ni ninguno de los productos responsables de un crecimiento adecuado de los pequeños y del desarrollo de una barrera contra las enfermedades.
Ante este panorama, la organización humanitaria Médicos sin Fronteras se ha puesto manos a la obra para paliar las necesidades nutricionales de la primera infancia, y para concienciar a los gobiernos de turno de que cambien el tipo de ayuda que se destina a estos niños. Lo ha hecho mediante una campaña que pretende hacer llegar Alimentos Terapéuticos Listos para Usar (RUTF por sus siglas en inglés) a los países pobres.
La ONG está convencida de que esta enfermedad crónica puede curarse si se ponen de inmediato a disposición de los pequeños avances nutricionales como estos alimentos terapéuticos. Los productos contienen los nutrientes esenciales que los niños menores de dos años demandan para evitar caer enfermos, y a los que no pueden acceder por la carestía de los alimentos. La tasa de curación se sitúa en el 90%.
Pero el juego de cifras muestra la otra cara: la del escaso 3% de niños que a día de hoy están recibiendo los RUTF. Y ello pese a que, según la Organización Mundial de la Salud, la mitad delas muertes anuales en niños menores de 5 años tienen como causa directa la desnutrición.
“No se trata sólo de enviarles comida”, explican desde Médicos sin Fronteras. La desnutrición no se cura a golpe de ingesta, sino proporcionando aquellos nutrientes adaptados a las necesidades específicas que permitan a los niños crecer y, sobre todo, seguir vivos. Los RUTF no necesitan ningún ‘condimento’ para ser preparados, ni siquiera agua potable. Sólo es necesario llevarlos a donde hacen falta.
En los años ochenta se eliminó la leche en polvo de las ayudas alimentarias que las agencias enviaban a los países afectados por razones puramente económicas, debido al fin de los excedentes lácteos en los países de los que provenía la ayuda. Con ello, los nutrientes de origen animal desaparecieron de la dieta de los países pobres.
Ahora se trata de impedir que la historia se repita. Que la imparable tendencia al alza en los precios de los alimentos no sea proporcional al número de niños que mueren por no tener qué llevarse a la boca. La pelota está en el tejado de los países ricos. Por ello, Médicos sin Fronteras ha hecho campaña durante la reunión del G8, a principios de mes.
Pero no sirvió de nada. África se fue de la cumbre con las manos vacías de compromiso y llenas de promesas. Los líderes mundiales no han querido dar la cara ante una enfermedad responsable de la muerte de entre tres y cinco millones de niños al año.
Se han mostrado satisfechos con el doble rasero de enviar alimentos que no darían a sus propios hijos, como las harinas, carentes del componente lácteo desde los 80, cuando Estados Unidos lo suprimió al escasear los excedentes de leche (en el país más rico del mundo).
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